Hubo un tiempo en que llevaba un diario personal, de esos de toda la vida. Lo curioso, recuerdo, es que sólo podía escribir con estilográfica, de las de émbolo, y las anotaciones iban precedidas del ritual de cargar la tinta, aunque fuese innecesario. Jamás logré, en esa época, escribir directamente sobre el teclado del ordenador. Utilizaba un cuaderno Miquelrius o quizás Molleskine, no sabría precisar, y ambos elementos, pluma y cuaderno, marcaban el estilo. También un tercero, la privacidad, y tal vez un cuarto: un desgarro sentimental.

Con estos mimbres estaba cantado el producto: el medio es el mensaje.

Ahora escribo con mi Dell XPS, sexy, dúctil y etéreo; a la intemperie, y un tanto alejado del último naufragio (esta palabra la utilizaba mucho en mi antiguo diario: melodramáticamente marinera).
Todavía no tengo perspectiva, pero ya empiezo a intuir el perfil del reguero