No volveré a ser joven. GB se lamentaba de esta descarnada obviedad y se recomendaba una vita beata de renuncia. De la juventud sólo me seduce sus potencialidades, nunca sus realidades. La posibilidad de las pasiones, bueno de la única que existe, la amorosa. La pasión del compromiso, la pasión por la violencia, la pasión por las grandes gestas son de otra naturaleza, se llamen como se llamen.

Sin ser preocupante, ya no es infrecuente que este sonajero se deje oír. Y yo procuro esquivarlo, aunque ya sin altivez, con humildad y cierta dosis de amargura, todavía subletal.

Ya no bailo hasta el amanecer, solo lo hice cuando la atracción fue gravitatoria, ni bebo en exceso, a lo sumo un trío de Voll-Damms, o varios Manhattam cuando cocino las doradas salvajes que me regala AB, capturadas tras una noche de correrías furtivas en el espigón de poniente, y ni siquiera escribo versos encendidos.

Así que cuando aparece, inopinadamente, un motivo para la pasión, no lo dudo, y procuro arrimar los condicionantes, y me desboco sosegadamente.

Esas pasiones de tecla y espejismo añaden felicidad, y reducen el colesterol, según los últimos avances.

Propósito: obviar este año el análisis de leucocitos y demás parámetros. Odio las refutaciones en los años felices.