Luz me invita a una inauguración. Soy ya una institución: su amante oficial.

Llegamos media hora tarde al Peix Daurat, un nuevo restaurante vegetariano, así que nos quedamos sin canapés, sólo cerveza sin límites, con vasos de plástico. Qué escarnio, pero es lo que hay.

Me siento reconfortado con la concurrencia, dividida entre neohippies y gays de base, y disfruto del ambiente disipado, postelectoral, de confianza y camaradería. Mucha complicidad de punta a punta del restaurante.

Y Luz me presenta a sus amistades, que me consideran uno de los suyos, preventivamente supongo. Estoy relajado y locuaz y la beso sin limitaciones tras tres cervezas.

En cierta medida me recuerdan a los amigos de B, salvando la época; y a nuestras estancias en nocturnos bares alternativos, ella con su flequillo francés y sus maneras espontáneas, de gran impacto sexual, y yo atrapado en esa nueva religión tan subyugante, la religión de B, sus modos envolventes de hacer el amor, de seducirme con sus falsos olores naturales, con sus promesas no expresadas de felicidad sin ataduras.

Nuevamente B. A partir de cierto momento, vivir es ver volver, como se dijo.