(durante el desayuno, con magdalenas)

Por inconfesables razones (quizá lo deje escrito en mi testamento) los fines de semana, además del País, compro un periódico local, de cuyo nombre no quiero acordarme.

Mantengo con ese diario una relación sado-masoquista: cuanto más siento lo absurdo, errático, inconsistente, insustancial, anodino, localista y falto de calidad de sus informaciones y comentarios, menos argumentos me quedan para prescindir de su abominable compañía. En ocasiones sus excesos me llevan al borde de gritar la palabra de seguridad, o decir un basta definitivo.

Los mayores excesos vienen en general con los regalos de los domingos, y no hablo de libros o CDs: unas rosquilletas de una marca local, un vino al borde de lo insalubre, una botella de horchata de chufa pasteurizada: a eso me enfrento.

Pero claro, ya he desarrollado con el tiempo una gran capacidad de resistencia, hasta hoy: el periódico venia con una espumadera negra, de material polimérico, de esas que se degradan al contacto con cualquier caldo y potencian la migración de monómeros hacia la sopa, o al pescado. Conozco esos procesos.

Le he dicho a Pepe que no soy de espumaderas (lo ha agradecido con su sonrisa, ya tenía un regalo para alguno de sus parroquianos jubilados), y me he largado sin el regalo, y antes de abrir el periódico le he mandado un correo al director:

Pedro, vuestro nivel de degradación está a la altura de las grandes atrocidades del siglo XX, meteros la espumadera por el culo, sin vaselina, y espero que los monómeros te ocasionen una década de pesadillas, como mínimo.