lunes, 20:12, (después de las agotadoras tareas domésticas)

De momento no realizaré ningún comentario sobre el fin de semana, es aconsejable que todo repose.

Aparentemente uno controla sus anotaciones, y la decisión de posponer una entrada parece trivial: en absoluto. Cada día es más obvia la autonomía del diario, tiene sus propias reglas, selecciona lo conveniente y combate mis reticencias, me exige transparencia y en ocasiones entra en conflicto con mi voluntad, como ahora. Obviar una entrada cuando el diario tira de ella me crea un conflicto moral, o amoral, pero conflicto.

Me he integrado esta mañana a la rutina, leer artículos, escribir el review. Comida a las doce, hoy más rápida. El húngaro se irá pasado mañana, y hoy sólo me ha preguntado qué día eligen los españoles para casarse. Le he dicho que los domingos, pero al señalar el argentino que en su país eligen los sábados, he rectificado, y le he dicho que en España quizá también los sábados. Entonces me ha mirado un tanto incrédulo y me ha espetado, como extrañado, ¿pero tú no estás casado? No podía decepcionarle: claro pero por lo civil, y las oficinas no abren los fines de semana, lógicamente. Ha vuelto la tranquilidad a la mesa, y el argentino ha contado una anécdota de los indios con los que comparte apartamento: típico choque de culturas, pero contado sin acritud.

Todo normal hasta las seis. En la lavandería, tras leerme todas las recomendaciones, avisos, instrucciones y demás leyendas, directa o indirectamente relacionados con el servicio, he comenzado las operaciones: todo ha ido perfecto, excepto que no tenían detergente, aunque existía un dispensador de suavizante. En cambio la secadora ha generado más problemas, me he liado con la selección de la temperatura y he tenido que secar tres veces, pero he salido con la ropa impecable, incluidos los vaqueros.

El incidente con la cajera del supermercado ha sido muy desagradable: me ha querido cobrar la bolsa que llevaba, y le he dicho que ya la había comprado la semana pasada, no veo la marca de la compra, no es mi problema, no la ha comprado, mirada al guardia de seguridad que se acerca dispuesto a todo. Pero unos instantes antes de que me sacase en volandas de la caja, mademoiselle la cajera ha encontrado la marca de mi inocencia. Me he sentido en el corredor de la muerte, y sin poder apelar dadas mis limitaciones, y las suyas.

Y después todavía me quedaba preparar la cena, y fregar.

Noticia: Mar vendrá a verme en dos semanas, y me ha preguntado por el tamaño de la cama: ¿será porque ha engordado?