AA me envía una foto navideña. Es la anti-materia, la anti-Jolie. Aunque un pequeño detalle deja una puerta abierta: me dejaría pisotear por esos sutiles zapatos de escueto y afilado tacón.
Antes de salir de casa Luz me informa que afronta su cometido con entusiasmo. Tiene una cita con su amiga lesbiana, y mis instrucciones no permiten interpretaciones: el orgasmo ha de llegar antes de la media noche. Y la información será en tiempo real.
Me esfuerzo en imaginar a AA, con su inocente gorrito navideño, esforzándose por cumplir mis descarriadas instrucciones. Pero el peso de tantos años de normalidad y convencionalismos no parece ser el background más apropiado para mis juegos de la edad tardía, la mía.
Pero tampoco Luz, mi inocente becaria, parecía tener esa vocación transgresora que ahora desarrolla con afán de superación. Pero el caso de AA parece más irreductible: ese abrazo maternal al pseudo muñeco de nieve pronostica, con poco margen de error, una pertinaz vocación, una contumaz tendencia hacia la cordura y la moderación.
Aunque las leyes de la anti-materia no están del todo desveladas.

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